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Revista Tehura nº4 Diciembre 2011 Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   

 
Ana Reguera Hernández Imprimir E-mail
Escrito por Ana Reguera Hernández   
 
Acordes en el Averno Imprimir E-mail
Escrito por José María García Pérez   
Habiendo llegado al Averno, Orfeo comienza a tañer su lira y se pone a cantar. No sólo va a lograr con su música que Plutón y Perséfone tengan compasión de él y consientan en que retorne junto a él al reino de los vivos su joven esposa Eurídice, recién fallecida – aunque, eso sí, con la condición de que no se vuelva a ver su rostro hasta que hayan abandonado el tenebrosos reino-, sino que mientras dura ese canto se detienen los tormentos sin fin que padecen algunos de los personajes mitológicos que allí se encuentra (Tántalo, Ixión, etc.). Como es sabido, Orfeo será incapaz de cumplir el requisito exigido por los reyes del Hades y perderá para siempre a su mujer.

 

Este no es sino uno de los numerosos ejemplos del valor mágico, de las propiedades casi terapéuticas adjudicadas desde antiguo a la música – pensemos en el famoso castrado Farinelli en la corte española para aliviar la melancolía del rey Fernando VI -. Ahora bien, si la música sirve en ocasiones para que su ejecutante salve la vida (Arión logra que un delfín lo lleve a tierra tras un naufragio), vamos a ver como muchas otras veces aquélla se relaciona con la muerte, como, por ejemplo, y sin salirnos de la mitología grecolatina, ese es el fin que espera a los marineros que acompañan a Ulises a su regreso a Ítaca al oír el canto de la sirenas. Pero también es el caso de Marsias, el sátiro que toca la flauta de manera tan armoniosa que conmueve a los habitantes del bosque y que, en un acto de soberbia  - la hybris que tan duramente era castigada por los dioses -  desafía al dios Apolo a un duelo musical. Ni que decir tiene que éste vencerá y Marsias será desollado vivo como castigo.

 

Una leyenda andina nos narra la vida del joven Xicoténcatl, quien con dieciocho años es elegido para encarnar a Tetzcatlipoca, el dios de dioses y ser inmolado en su fiesta al cabo de un año. El adolescente aprende a modular la flauta, el tlaptisali, hecho de arcilla cocida, y se convertirá en un verdadero virtuoso, haciéndose además con un buen número de flautas. Ahora bien, transcurrido los doce meses, el sacerdote lo espera en el altar, y el joven va quebrando cada una de su flautas en cada escalón de la escalera del templo, hasta llegar al último, donde quiebra aquella primera tan querida un momento antes de que el sacerdote le saque su corazón y lo ofrezca a los dioses.

 

 
Nancy Huston - Jocaste reine (2009) Imprimir E-mail
Escrito por Antonio Heredia   

 

 

220px-Nancy_Huston Jocaste reine [1] es una pieza de teatro, escrita por la escritora francocanadiense Nancy Huston [2] (Calgary, Canadá, 1953). Fue estrenada en 2009 en el Théâtre des Osses, en Friburgo (Suiza). La puesta en escena corrió a cargo de Gisèle Sallin, directora del citado teatro, quien animó a Nancy Huston a escribir una obra que diera por fin voz a Yocasta, madre y esposa de Edipo, en el siempre espinoso asunto del amor incestuoso.

 
Lecturas desde Corpus de Jean-Luc Nancy Imprimir E-mail
Escrito por Dario Barboza Martínez   

“¿Es preciso añadir que una vez rota la complicidad religiosa establecida entre el Logos y el Ser, entre ese Gran Libro que era el Mundo en su propio ser y el discurso del conocimiento del mundo (…) al fin se hacía posible una nueva concepción del discurso?”

Louis Althusser. Para Leer el Capital.

 

 

Introducción

 

Lo que voy a realizar, siguiendo el texto de Corpus de Nancy, e incorporando otros textos suyos, es un ejercicio que se pretende inverso al que él realiza. Es decir, considero que lo que él realiza es una deconstrucción de determinadas lecturas – de Aristóteles, Kant, Spinoza, Descartes, Heidegger y hasta de la propia lectura de La Biblia – para luego realizar a través de ellas su propia lectura del cuerpo. Teniéndolo en cuanta, voy a realizar mi propia lectura de Corpus mostrando las lecturas y mis reflexiones me evocan.  La misma concepción de lectura entra en la propuesta nanciana, así como la de escritura. La concepción de escritura como ex – posición, exposición, supone una apertura, la imposibilidad de cierre de toda significación. La lectura de la escritura se entiende como otras escrituras, no como la Escritura o Las Escrituras, sino sin fin de escrituras-lecturas, que si bien pueden formar parte de un corpus, no implican el cierre del mismo.

Por ejemplo, podemos señalar en Corpus las constantes referencias a la lectura de la Biblia, que remiten a su “deconstrucción del cristianismo”, esto es su lectura de Las Escrituras y desde ellas, realizando sus propias lecturas y escrituras con ellas.

Sus escritos no nos traerán a la luz un pensamiento diferente, no vienen a crear nada nuevo – no repite la idea de un nuevo comienzo con “borrón y cuenta nueva” del discurso cristiano, no es en ese sentido revolucionario –, ni a decir lo que no había sido dicho, ni a revelar lo que se encontraba escondido, no establece otra realidad más verdadera. Esa escritura ya estaba ahí, se encontraba expuesta, incluso en el propio discurso cristiano, en la narración evangélica, se encontraba a la vista pero no era expuesta o si lo era no de esta forma. La diferencia se encuentra en la forma de articular ese discurso, la forma de exponerlo y de leerse a sí mismo, ya no como discurso cerrado a sí mismo, sino como exposición de sí, pero como exposición siempre múltiple.

 
Sacrificios Imprimir E-mail
Escrito por José María García Pérez   

SACRIFICIOS

 

Habiendo pasado desde la infancia hasta la juventud sirviendo como esclavos en la hacienda de un despótico terrateniente, Anju persuade a su hermano Zoshio para que huya con ocasión de acompañar a una anciana a la que se ha concedido poder morir en el bosque, fuera de las vallas que acotan el territorio de poderoso y terrible Sansho. Él accede, ella sabe que es la única posibilidad de que uno de ellos encuentre a su madre, de la que fueran separados siendo niños, tras la destitución de su padre como gobernador de la provincia por estar en contra de la esclavitud. Pero también sabe que con su decisión ha firmado su sentencia de muerte, dado que los esbirros de Sansho tienen orden de marcar con un hierro ardiente tanto a los que intentan huir como a quienes los ayuden.

 

Ella acepta ese sacrificio y, en unas imágenes imborrables, busca la muerte en un río para evitar la tortura: la vemos entrar en el agua mientras, paralelamente, contemplamos a la madre viendo el mar desde un alto a donde le han acompañado varias prostitutas – ella ha terminado siendo una también-, puesto que cuando intentó escapar fue capturada y le cortaron los tendones de los pies como castigo. Cuando volvemos al río sólo se nos concede ver unas ondas concéntricas que aluden a ese suicidio de forma metafórica.

 

El hijo no sólo logra escapar sino que, además, obtiene el cargo de gobernador y, siguiendo los dictados que su padre le inculcó cuando era un niño y al que nunca volvió a ver, prohibe la esclavitud y libera a sus antiguos compañeros de infortunio. Pero también descubrirá la muerte de su hermana, tras lo cual busca a su madre, y al final, en una playa, la encuentra: vieja, sin poder andar y ciega. Ella pregunta por su hija y brotan de sus ojos sus últimas lágrimas al saber su suerte.  Y la cámara se aleja pudorosamente de esa especie de “maternidad” al revés, dejando a los personajes con su dolor y al espectador con el alma encogida por semejante tragedia (El intendente Sansho, Kenji Mizoguchi, 1954).

 
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