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Estimados amigos y amigas, ya tenemos aquí el número 8 de nuestra revista. Descargar nº 8 Revista Tehura (41 MB)

En esta ocasión, nos hemos centrado, exclusivamente, en recopilar los textos que, con motivo del Día Mundial de la Filosofía, presentaron los distintos  ponentes durante las jornadas Más Filosofía que tuvieron lugar en Madrid los días 19,20 y 21 de noviembre de 2015.

Hoy más que nunca, cuando la Filosofía ha sido relegada en el currículo educativo de la ESO y el Bachillerato, prácticamente a la nada, es importante que la reivindiquemos, más que como tan solo una materia, como un instrumento que ayude a las personas, jóvenes y no tan jóvenes, a plantearse preguntas y encontrar las respuestas, a saber pensar por sí mismas con un espíritu crítico. Tenemos la necesidad de educar y ser educados, más allá de la eterna tutela de los oligarcas de turno, que pretenden mantenernos para siempre en una eterna minoría de edad.   

En este número encontraréis, las diferentes formas en las que los autores abordan el tema, incluso más allá del tratamiento de la Filosofía como asignatura, tanto en la Educación Secundaria, como en la Educación Superior. Si hemos de tratar la Filosofía, según el modelo clásico o si, por el contrario, debemos encontrar nuevas fórmulas para que la filosofía salga a la calle y no quede relegada al panteón exquisito de unos cuantos estudiosos.

En los distintos artículos, se aborda la Filosofía en relación con la Literatura, la Economía, la Política e incluso con los videojuegos, dado que, en algunos el jugador ha de tomar decisiones éticas y morales. Se aborda además, el papel de la mujer en la Filosofía, su ausencia y la reivindicación de todas aquellas pensadoras que han existido, y existen, y de las que los libros apenas nos dicen nada.

La celebración de estas Jornadas se produjo poco después de los atentados de París del 13 de noviembre, por lo que se trató el tema del bien y del mal. ¿Qué significan estos conceptos?, ¿Dónde está el límite entre uno y otro?. Se plantean aquí cuestiones como la banalidad del mal, que, tan magistralmente, expuso Hannah Arendt en Eichman en Jerusalén. Las leyes de obediencia debida entre los jerifaltes nazis que, como burócratas, se limitaban a hacer el trabajo que se les encomendaba, como pretendió justificar el propio Eichman en su alegato final. Lo mismo podría decirse de las personas que provocaron la matanza de París. Por ello para combatir el fanatismo, venga de donde venga, ya sea religioso, ideológico o de cualquier otra índole. Necesitamos personas que se planteen las cosas por sí mismas, cuestionando siempre las órdenes que vengan desde más arriba.

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Esperamos que lo disfrutéis.

 

Revista Tehura.

Revista de cultura, pensamiento y saberes.

ISSN: 2254-0830

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Como si de un planeta aparte se tratase, cerca de la vía se pueden ver espacios húmedos repletos de patos, gaviotas, garzas y un buen número más de animales voladores, pero también no muy lejos pacen vacas de todos los colores y hermosos ejemplares de caballos, tanto del tipo percherón como otros que se dedicaban a la hípica y las competiciones deportivas habituales de la ciudad vecina (polo, carreras por la playa, etc.). Ajenos al bullicio urbano de los más numerosos animales bípedos, aquellos otros reparten su vida entre las montañas cercanas, los paraísos acuáticos que constituyen las rías y hasta alguno de los ríos montañosos que circulan con profusión por todo aquel territorio. Los únicos que dan la impresión de no encajar allí eran, por paradójico que pueda parecer,  los seres humanos.
Todo ese panorama de vida era visible la mayor parte de los días, pero no ese lunes de octubre, porque casi no se podía ver a más de cincuenta metros, debido a la niebla tan cerrada que cubría el paisaje. Ni el perfil de las montañas, ni las yeguas de Tinín, ni el cercano bosque de eucaliptos y encinas; apenas podían verse las tres vacas del Pepe el Sordo. Era uno de esos días otoñales en los que las diferencias entre campo y ciudad se hacían más difusas, porque el primero era una sugerencia sobre imágenes multicolores aprendidas día a día, paseo a paseo, caminando o en bicicleta, en tanto la segunda ganaba lo suyo el no poder ser más que entrevista desde la distancia.
De todas formas, como Lucas iba leyendo tampoco percibió mucho toda esa uniformidad neblinosa, pero al descender del vagón y dar los primeros pasos fuera de la estación sí se dio cuenta de que ese hermoso fenómeno natural había desaparecido, como por arte de magia, siendo sustituido por la visión de la ciudad en la que llevaba trabajando ya unos tres años. Echó a caminar como todos los días, con el despiste habitual en él, agudizado en este caso por coincidir con el lunes, ese principio de semana que siempre costaba más vencer. Su mirada se perdía por los edificios y plazas sabidos ya casi de memoria, y como tal no iba reparando mucho en cuanto le rodeaba, por más que hubo un momento en que le pareció que la estatua al famoso héroe contra los franceses parecía mirar en otra dirección, y en lugar de un cañón había dos rodeándolo. Como es lógico, no hizo mucho caso a esa imagen, entre otras cosas porque el sueño, la niebla del pueblo y la lectura en la que venía enfrascado le hacía tener la mente un tanto distraída.
Así que continuó su caminata hasta el trabajo, optando hoy por la “ruta larga”–como solía llamarla -, y en la esquina de la Plaza Cuadrada daba la impresión de que faltaban agujeros de bala de la Guerra Civil, puesto que él los había contado en alguna ocasión y el número exacto era de treinta y dos. No le apeteció mucho pararse a contar balazos, la verdad, entre otras cosas porque iba un poco justo de tiempo y le gustaba ser muy puntual, dejando aparte el hecho de que los agujeros de bala que han permanecido en una pared de piedra más de setenta años no suelen desaparecer así como así. Si cada vez que nos pareciese que hay un cambio en la geografía cotidiana que solemos ver nos detuviésemos a comprobar minúsculos cambios no haríamos otra cosa en la vida, seamos sinceros.
El hombre del sombrero, que vestía pantalón, zapatos, bolso de mano y sombrero a juego – un día todo ese atuendo verde chillón, el siguiente amarillo, a ese le sustituía el azul para pasar el rojo y terminar con el naranja, al menos entre semana, que es cuando Lucas solía verlo – se acercó a él, se detuvo a unos pocos centímetros y lo saludo efusivamente. Ese acto tan aparentemente trivial rompía con toda la rutina asociada a ese desconocido, que se agrandaba a sus ojos porque las escasísimas veces que lo había oído hablar de lejos con algún conocido, el extravagante caballero empleaba un inglés perfecto, y, en cambio, para saludarlo a él no sólo lo hizo en un castellano sin el menor acento, sino que por si eso fuera poco, su rostro visto de cerca revelaba a una persona mucho más joven que lo que Lucas había calculado en más de una ocasión.
Estaba deseando llegar al café de Carlos, donde tomaba un café solo antes de empezar a trabajar, a ver si con ese estimulante podía ver cuanto lo rodeaba más claro. Para llegar allí tenía que atravesar la Calle de los Ausentes, a pocos metros de la iglesia de San Roque. De no ser porque otras veces sus ojos ya le habían jugado alguna mala pasada –fuera por la miopía, fuera por el astigmatismo, fuera la suma de ambos problemas, el caso es que a veces creía ver rostros fantásticos en las baldosas de una calle, o el perfil de una cordillera en el fondo de la fuente de los jardines de Cossío- , hubiera jurado que la torre de la iglesia había perdido por lo menos dos o tres metros de altura. Lo curioso del caso es que, como compensación, las farolas que flanqueaban al Banco Castilla se veían más altas que nunca. Así  pues, apresuró el paso y no dejó de hacerlo hasta llegar al Bar Calima, el que se encontraba cerquita de su ofician y que era gestionado por un chico con el que no tardó en entrar en conversación pronto, porque era muy despierto y ambos compartían muchas cosas. Entró sin mirar si quiera la fachada –si lo hubiera hecho habría notado el cambio de color del toldo, el dibujo que hacía la veces del logotipo del negocio y alguna que otra cosilla más- y fue hacia la barra. Buscaba con la mirada a Carlos, pero lo cierto es que no andaba por allí. Preguntó a la desconocida camarera por él pero ella reconoció que no sabía quién era Carlos. Lucas cogió entonces una de las tarjetas que había sobre la barra y leyó con cuidado el nombre del bar: Mesón la Juani. No cabía duda de que se habría equivocado de bar, por más que no era fácil justificar una error de ese calibre en una persona que tomaba allí el café prácticamente a diario desde mucho meses atrás.   
Salió del bar, observó el lugar y no cabía duda: aquel era el sitio donde había estado siempre el Bar Calima. ¿Qué demonios ha pasado con él, con Carlos y el resto de los habituales, y cómo han podido cambiar toda la decoración y hasta el nombre en un fin de semana? Por no hablar de que Carlos no me dijera nada el viernes. Miró sobre el bar y allí estaba el estudio de arte donde daba clases un pintor bastante famoso, con el que Lucas había charlado de cuando en cuando. Sin embargo, a su derecha ya no estaba la sede del partido político regional que había ganado las elecciones unos años atrás, por más que ahora estaba en franco retroceso. No Señor, allí lo único que se veía era el anuncio de unas clases particulares, probablemente de esas que da un tipo que acaba de terminar la carrera y necesita ir sacando un dinerillo hasta que dé con un trabajo que merezca la pena. Lo que no entiendo es cómo todo esto ha cambiado en tres días, sin que hubiera un aviso, sin que un conocido me comentase algo, sin que de tres locales diferentes nadie los haya sacado en la conversación. Es que es de lo más raro, caramba, no me lo explico.
La hora era la misma, la ciudad idéntica, el lunes no se distinguía de cualquier otro a la salida de la estación, y a pesar de todo, la verdad es que todo estaba ligeramente cambiado. Es como si alguien se hubiera divertido alterando pequeñas partes de la geografía humana que tan bien conocía hasta transformarla en algo que empezaba a ser irreconocible. Faltaban seis minutos para la nueve de mañana y estaba a punto de entrar en el portal donde se hallaba su oficina(2º izquierda) cuando notó que estaba un poco nervioso, que miraba a su alrededor como escudriñando las cosas para intentar ver alguna variación, algo que delatase un cambio; miraba a su alrededor como si cuanto lo rodeaba hubiera pasado de ser un espacio anodino y rutinario a un lugar donde el más mínimo detalle podía haberse alterado y, tal vez, llevar dentro alguna explicación posible a todo aquel sinsentido.
Para variar, el ascensor no funcionaba, los escalones eran siete hasta el primer descansillo, otro siete hasta la primera planta; de ahí en adelante ocho más te conducían al segundo descansillo y con nueve más, finalmente, llegabas a la segunda planta. Los había contado muchas veces… pero ¿seguía habiendo el mismo número o no?  Comenzó a subir con la boca seca, apoyando fuertemente la mano en la barandilla, y al llegar al primer piso soltó un respiro de alivio. La primera parte estaba como siempre. Hizo lo propio para subir hasta su trabajo y ahí contó primero diez y a continuación once escalones. ¡Por Dios, qué demonios está pasando esta mañana!
Había llegado el momento de la verdad y ver si Seguros Ramírez era lo que dejó o una metamorfosis hecha para desesperación suya. En el primer despacho vio a Luis, peleándose con el ordenador, es decir, estampa habitual; un poco más adelante Lola atendía el teléfono, con seguridad a un cliente, dada la hora. En la izquierda le saludó Pedro, apostado junto a la máquina de café, como todos los días a las nueve en punto. Por último, Arturo le hizo un pequeño guiño desde su silla. Abrió su despacho y todo estaba en su sitio, o al menos aparentemente. Colocó con cuidado la chaqueta en la silla y se sentó tratando de respirar tranquilamente, sin conseguirlo del todo.  En aquel pequeño espacio no había cambios, por suerte, de modo que encendió el ordenador y al abrirse le saludo así: “Buenos días, Antonio”.
Si hubiera sido una broma de sus compañeros, esto no hubiesen podido alterar el paisaje urbano, eso está claro. Ahora bien, si lo de fuera no tiene una explicación lógica, lo de dentro acaso sí. Se acercó a Lola y le pidió la carpeta de un cliente: “Lola, ¿podrías pasarme el expediente de Carlos Martínez?”. Ella lo miró con una cara que parecía sorprendida al oír ese nombre, cosa lógica porque el cartelito de su mesa ponía Piedad Blanco, en lo que no había reparado Lucas hasta el momento de volver a su despacho. Se detuvo y regresó hasta la entrada principal, y desde allí fue leyendo los nombres de todos y cada uno de sus compañeros: Justo Antúnez, Alberto Fernández y Pablo Ordaz. Cuando volvió a entrar en su despacho, que ya no era el refugio que él había pensado unos minutos antes, tuvo que sentarse, beber un buen trago de agua, recuperar el aliento y apretarse las manos contra las mejillas como para comprobar que no era un sueño, era la realidad, por más que él era incapaz de reconocerla, de situarla en un lugar de su memoria donde todo encajase. No había encaje posible, por más que se esforzase. Desde ese momento ya no pudo recobrar la tranquilidad.
Miró al techo, con la mirada perdida entre los fluorescentes y las placas de escayola, luego al suelo, donde las baldosas no se habían movido, por más que él sintiese que bajo sus pies todo era inestable, enfocó después la mirada a la puerta y a través de las cortinillas pudo observar el aparentemente normal desarrollo del trabajo en la oficina. Se resistía, mas al final no pudo menos que acercarse a mirar la foto que descansaba en una estantería: allí estaban sonrientes Alicia con Moisés y Beatriz. La hizo junto a la playa él mismo, y su mujer había salido tal y como era: hermosa, alegre, con sus cabellos rizosos y abrazando orgullosa a sus dos hijos, el mayor de siete años, y la menor de cinco. Pensar en los tres, en los cambios que podían haber sufrido le produjo una ansiedad y un nerviosismo que le impidió desde ese momento seguir sentado. El tiempo pasaba o retrocedía o había dado saltos hacia delante y atrás, o tal vez había entrado en una dimensión temporal, ya que no espacial. Pedro -¿o se llama Alberto? - llamó a la puerta y en lugar de pedirle un teléfono, como era su intención, lo vio con una cara tal de preocupación que le preguntó:
         - ¿Te pasa algo, Antonio? Tienes muy mala cara, ¿no me digas que has venido a trabajar enfermo? Mira que te dije el viernes que tuvieras cuidado de no pillar una gripe, que el tiempo iba a cambiar muchísimo.
       - No, no es nada, creo que me ha sentado mal el café que me acabo de tomar. Pero enseguida estaré bien de nuevo, no te preocupes…
       Iba a darle las gracias pero al pensar en el nombre de Pedro no estaba muy seguro si ahora era Pablo, Alberto o Justo, así que no añadió nada, para no meter la pata otra vez. Cogió a continuación el teléfono, empezó a marcar  instintivamente el número del trabajo de Alicia, pero se arrepintió inmediatamente y con la mirada perdida y temblándole la mano depositó el teléfono en su lugar. ¿Qué le voy a decir, que si ha notado algún cambio en su cuerpo, que si los chicos están igual que siempre, que si ..? No, no y no. Es absurdo.  Más vale esperar y verlo todo sobre la marcha esta tarde, cuando los dos estemos en casa, y así no preocuparlos inútilmente.
Alicia regresaba sobre la cuatro, pues salía de su trabajo en el ayuntamiento a las tres de la tarde, lo malo es que él no llegaba hasta por lo menos las seis y media, eso con mucha suerte. No puedo esperar tanto, y no me voy a presentar en la concejalía de urbanismo para decirles que hay cambios por toda la ciudad, cambios que por otra parte sólo yo veo, porque nadie me ha hecho el más mínimo comentario al respecto. Y ya no digamos si, aprovechando que estoy allí, me paso al despacho de al lado y le digo a mi mujer que creo que el mundo está loco, que todo está cambiando, y que el único que permanece normal soy yo. Le va a dar algo, conociéndola me mirará con esos ojos grandes cuando se enfada y querré que me trague la tierra. Mira, ya lo sé, me iré a casa más o menos a la misma hora en la que ella acabe de llegar, y una vez allí le expondré todo lo que ha pasado hoy, que más que horas da la impresión de haber transcurrido semanas. Tenemos tiempo, porque los enanos no salen del colegio hasta las seis, y hay que irlos a buscar. Aquí diré que no me encuentro nada bien, y como antes ha visto la mala cara que tengo ese como se llame, pues a nadie le va a extrañar.
Se aproximaba a su hogar conduciendo sin mucha atención, porque toda ella estaba dedicada a pensar en cómo exponer las experiencias de ese día sin que lo primero que pensase es que su marido se había vuelto loco. Subió desde la cochera por la escalera interior, y en la cocina estaba ella, ya con la ropa de andar por casa, preparando algo de comer para ir al salón y, mientras un poco la televisión, dar buena cuenta de ello, pues solía llegar con hambre. Se besaron en la boca, como hacían siempre, y ella le preguntó extrañada cómo había venido tan temprano. Él se excusó con no sé qué problema en la oficina y se propuso analizar con detalle cada cosa no tanto que dijera, sino que evidenciara un cambio en su forma de vestir, alguna modificación en su amada geografía, en su forma de hablar, por  pequeña que fuera cada detalle de todo ello. En principio nada parecía fuera de su lugar: su voz continuaba siendo grave y hermosa, como elegantes sus movimientos; por otra parte, lo que decía no disonaba de lo dicho cualquier otro día. Cuando ya todo parecía en el mismo lugar donde lo había dejado no muchas horas antes, se fijó en la mano de Alicia mientras comía. En la parte interior de la muñeca, en un lugar que el cierre del reloj no llegaba a tapar, la piel era perfecta, sí, tanto que faltaban un par de pequeñas manchas encarnadas que tenía de nacimiento, que Lucas conocía mejor que si fueran de él mismo, y que siempre había bromeado respecto a que nunca podría confundirla con nadie precisamente por esas manchas.
Se vino abajo cuando lo apreció. Si hasta ella había sufrido esa alteración, todo estaba perdido. Lo de menos era si él no habría sufrido alguna suerte de cambio, lo que ignoraba completamente, porque si ella no era la misma, nada merecía ya la pena, nada tenía sentido. No se le había ocurrido antes, pero ¿él había cambiado en algo? Y lo que es más importante, ¿esas mutaciones alteraban de algún modo la vida en general, y la suya en particular? De acuerdo, allá donde dirigiese la mirada (una torre, una cartel, una persona), casi todo había sufrido un cambio, un cambio pequeño, si concretamos más. Sin embargo, y si eso no llevara aparejado un cambio más profundo en el comportamiento de las personas, en su forma de ser, a lo mejor todo eso no era tan importante.  A fin de cuentas, la naturaleza es un cambio permanente, por más que somos los seres humanos quienes a veces no queremos darnos cuenta de ello, más que nada porque en cierta forma hemos querido domesticarla, explotarla, siempre con un sentimiento de superioridad sobre ella, como si ella pudiera tenerlo en cuenta. Hasta ahora, porque quién sabe si todo eso no proviene de esa misma naturaleza.
Ante estas últimas reflexiones, cayó en la cuenta de que, dejando aparte los seres humanos,  el cambio había afectado a lo hecho por estos, pero ¿y a la propia naturaleza? La tarde del martes, al regresar al pueblo en tren, no se fue directamente a casa, sino que tomó el camino de la derecha y se fue mirando los campos de más allá de las vías, de un verde casi resplandeciente por las últimas lluvias, las yeguas de Tinín pastaban relajadamente en una gran pradera, cerca del río, mientras no lejos hacían lo propio las vacas de Pepe el Sordo. El sonido de campo, con los grillos, los ladridos a lo lejos, el relincho de las yeguas, incluso las campanadas de la vieja iglesia, todo conformaba algo apacible, que invitaba a la felicidad y esos los sonidos…eran los de siempre. Por tanto, el cambio que se producía a su alrededor no afectaba en modo alguno al mundo natural: lo que ignoraba era si ese cambio iba a continuar actuando, de forma que se vieran alteraciones cada poco o mucho tiempo, o una vez llegado el punto de ese llamémoslo “primer cambio” todo seguiría así.
Poco importa, porque lo cierto es que él lo había apreciado, sentido miedo, llorado después de comer con Alicia; había llegado a la certeza de que más valía aceptarlo todo, y tratar de vivir con ello, pues a fin de cuentas él también había cambiado, como le mostró el espejo del baño esa misma noche, un poco antes de irse a dormir. Al lavarse los dientes se fijó en aquella imagen invertida que le devolvía el espejo, se aproximó un poco, y luego un poco más, para compensar su miopía, y allí,  a no muchos centímetros pudo ver que la nariz torcida, que era uno de sus rasgos más característicos, producto de una grave caída de la bici cuando era un chaval, estaba ahora más recta de lo que estuvo nunca.

Director: Darío Barboza Martínez

Secretario: Antonio Heredia Fernández

Vocales:

  • Mariana Gema Sánchez Hernández
  • Santiago Úbeda Cuadrado
  • Nicolás Gálvez Montaño
  • María Ángeles Rubio García
  • Daniel Grilo Bartolomé
  • Guillermo Flores Miller

 

Edita

Asociación Cultural Iberoamericana
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