Creación

Tras recibir una raquítica herencia, dos hermanos emprenden caminos muy distintos en sus vidas. El uno se casa con una mujer rica mientras el otro lo hace con la hija de un leñador, puesto que ese es su oficio y ha adquirido un cierto prestigio en el mismo. Con el tiempo ha ido comprando hasta tres burros y en ellos lleva la leña que va recogiendo. Pues bien, un día escucha en el bosque el ruido tremendo que hace un nutrido grupo de jinetes, nada menos que cuarenta, y espanta a sus borricos para esconderse después él mismo en la copa de un árbol. Desde su privilegiada posición es testigo de un hecho insólito: el cabecilla de los jinetes se dirige hacia un pared rocosa y al grito de “Ábrete sésamo” una tremenda roca se mueve para dar paso a una gran gruta en la que los bandoleros –que eso es lo que son ese grupo a caballo- guardan el botín de sus fechorías. El resto de la historia es más que conocido, y lo narra espléndidamente a lo largo de varias noches la inolvidable Sherezade.

Juan Moreno Nuncio, acuarelas
Espíritus prosaicos ha habido que se han preguntado cómo era posible que la piedra se abriera solamente por la simple fórmula de los bandidos. Pero, ¿acaso tiene también tiene que justificarse lo que ocurre en el interior de un relato? ¿No basta con creer en el formidable poder de la palabra? Podríamos recordar las palabras con la que empieza La Biblia, toda una declaración de principios: “En el principio existía la palabra” Y el no menos impresionante momento en el que Dios va dando nombre a todos los animales a los que va creando (en una acción recogida en una famosa canción de Bob Dylan, todo sea dicho de paso). En otra escena memorable de ese mismo libro, Jesucristo acude a visitar a uno de sus amigos –siempre me ha llamado la atención que no se menciona casi nunca a los amigos del protagonista del Nuevo Testamento-, un tal Lázaro, pero se encuentra con la desagradable sorpresa de que su amigo ha muerto y ya ha sido sepultado. Con el dolor que podemos fácilmente imaginarnos, Jesús se acerca a la tumba y dice unas palabras que nos conmoverán para siempre: “Lázaro, levántate”. Y el difunto obedece, levantándose y yendo con su amigo.


No vamos a poner más ejemplos de la potencia creadora o milagrosa de la palabra divina, porque se da por hecho que los dioses siempre han gozado de ese tipo de prerrogativas. No obstante, no estará de más darnos un paseo por las múltiples posibilidades que tienen todo tipo de artes para evidenciar la creencia común entre los seres humanos del poder maravilloso que tiene la palabra, en sus más variadas expresiones. Empecemos, por ejemplo, por Robinson Crusoe. El más famoso náufrago de la historia afronta un casi interminable para él rosario de años en soledad, hasta la aparición de Viernes, el nativo de aquellas islas que se convertiría en su amigo con el tiempo. Pues bien, ningún lector de la novela de Daniel Defoe olvidará el instante en el que su intrépido protagonista anhela fervientemente el tener compañía, el poder hablar con un semejante, pues se ha dado cuenta de que un ser humano no lo es plenamente si no tiene alguien con quien conversar, intercambiar sus opiniones, incluso con el que discutir. En otras palabras, en la soledad es imposible realizarse de manera plena como persona. No muy distinto es lo que siente en su corazón otro no menos célebre personaje literario, Robert Walton, con cuyas palabras arranca nada menos que Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela que ha hecho inmortal a Mary Shelley. En ellas se lamenta como lo hacía Crusoe del dolor de no tener un alma hermana con la que compartir experiencias, amores, penas y hasta poemas. No en vano se trata de una novela de profundo aliento romántico, y ese siempre fue un ansia de ese movimiento, como lo prueban las hermosas cartas de John Keats.
Persuasión
Pero la palabra también tiene un innegable poder persuasivo. En Elmer Gantry (llamada en España El fuego y la palabra), la película que Richard Brooks dirigió en 1960, el predicador que da nombre al film arrastra con su verbo a quienes lo escuchan; es más, consigue de ellos que se hagan fieles de la iglesia de la que es pastor. Lo que ocurre es que, en realidad, Elmer es un marrullero que ha visto la oportunidad de hacer dinero fácil haciéndose predicador. Pero tiene el problema de que un periodista le sigue de cerca para desenmascararlo, y una mujer con la que tuvo relaciones en el pasado viene para enturbiar su presente. Y el mayor de todos: el hombre que predica la castidad, el amor a Dios y otras tantas virtudes, cae arrebatado por la pasión que siente por una de sus feligresas, encarnada por Jean Simmons. Y desde el momento en el que se sabe esa “caída”, quienes lo respetaban y lo tenían por un verdadero hombre de Dios, dejan de creen en su palabra.
Persuasiva es igualmente la oratoria de alguien tan siniestro como Adolf Hitler. No cabe duda de que el poder de su discurso era tremendo, con una capacidad de convencer a las masas increíble, como lo han testimoniado no pocos de los testigos que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Sus estudiadas poses, tan ensayadas por otra parte, y la particular iluminación que lo engrandecía resultaban impresionantes, como lo demuestran esas dos muestras magistrales del cine documental que son El triunfo de la voluntad (1934) y Olimpia (documental en dos partes en el que se narran las Olimpiadas de Berlín en 1936, ambas dirigidas por Leni Riefenstahl). Pero en una época donde la radio era la gran protagonista de los medios de comunicación, donde realmente podía seducir a sus oyentes era a través de las ondas. ¡Y vaya si lo hizo! Y ya no digamos en aquellos discursos que tanto dolor iban a causar en el futuro a millones de personas.
Y si alguien dudase del poder de ese medio, que piense en lo que iba a hacer no mucho después un joven llamado Orson Welles con su emisión de La guerra de los mundos (1938), adaptando la novela de H. G. Wells. El prodigio que ya era entonces el futuro director de algunas obras magistrales del séptimo arte adaptó la obra del británico y la presentó a su audiencia como si de un informativo se tratara. Pese a que se advirtió del carácter ficticio de la emisión, el caos se desató entre miles de personas a lo largo de todos los Estados Unidos, presa del pánico al estar firmemente convencidos de que se estaba produciendo una invasión marciana en su país. A tal punto llegó la situación que la emisora recibió cientos de llamadas para enterarse de lo que ocurría y llegó un momento en que las fuerzas de seguridad tuvieron que pedir a la CBS que reiterasen que sólo se trataba de una obra de ficción. Nada tiene de extraño que uno de los mejores intérpretes de William Shakespeare conociera el poder de la palabra de un modo tan profundo. Y es que si hay un dramaturgo que pueda ejemplificar de manera sublime el tema de que estamos hablando ese hombre es William Shakespeare. En una de las más merecidamente célebres escenas de la historia del teatro, un grupo de senadores romanos apuñalan a Julio César en las escaleras del Senado. Y lo hacen amparándose en unas razones que el pueblo aprueba. Pues bien, Antonio se acerca al cadáver del que había sido el hombre más poderoso del imperio y, en una obra maestra de la oratoria, va engarzando un discurso que no sólo logra que el pueblo ponga en duda las supuestas razones ineludibles de ese crimen, sino que además consigue que ese mismo pueblo se convierta en populacho al convencerles de que se trata de una maniobra que sólo busca satisfacer la ambición de los asesinos y que, en consecuencia, todos ellos merecen así mismo la muerte de una manera no menos terrible a la que ha acabado con el tirano. Y ni que decir tiene que, en efecto, en el resto de la obra seremos testigos del triste fin de aquellos que únicamente buscaban acabar con las ambiciones del general de los ejércitos que ansiaba ser el supremo caudillo de la imperial Roma.
Palabras terapéuticas
En ocasiones, lo importante no es tanto el discurso que se pretende ofrecer, sino el hecho mismo de ser capaz de poderlo expresar. Ese es el núcleo de una película reciente titulada El discurso del rey (Tom Hooper, 2010), en la que, a partir de una historia real, somos espectadores de cómo el futuro rey de Inglaterra ha de sobreponerse a su tartamudez, que tantas situaciones embarazosas le ha hecho pasar. Al final, y gracias a la constancia de su esposa y sobre todo al talento de un extravagante profesor, el ya nombrado rey de Inglaterra por la renuncia al trono de su hermano mayor, es capaz de leer un discurso en el que se jugaba toda su credibilidad como soberano, puesto que nada menos que iba a anunciar a su país que entraban en guerra con la Alemania nazi y que no cesarían en su empeño de defender la democracia allí donde quiera que ésta se encuentre amenazada.
Sin embargo, a veces las razones no son las de un gobernante o de alguien sobre el que recaiga algún tipo de poder reconocido; no, son simplemente las de un hombre que ha sufrido y ha encontrado la paz. Harry Dean Stanton, en el mejor papel sin duda de su carrera, es un hombre al que vemos por primera vez atravesando un desierto, con la mirada perdida y la sensación de haber perdido todos sus referentes afectivos; tanto es así que incluso padece amnesia. A lo largo de Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) ese hombre se niega a hablar, todo es dolor y sufrimiento en su mirada. No obstante, casi al final de la película, desde una cabina de peepshow en la que trabaja su mujer, ésta escucha con atención cuanto él va desgranando al hablar de todas los vaivenes de su existencia: el dolor por el abandono de la mujer que está al otro lado del cristal, el sufrimiento por la hijo de ambos, los años perdidos en una vida sin una razón por la que luchar, etc. Pocas veces el silencio de un personaje había sido más necesariamente roto al manifestar su pasado. Pocas veces las palabras fueron tan imprescindibles para restañar las heridas y poder afrontar un futuro más o menos esperanzador. Pocas veces un monólogo había sido tan hermoso y tan emotivo.
En cierto modo parecido a ese silencio, uno de los personajes de Brooklyn Follies (2005) de Paul Auster ha tenido una vida miserable, a pesar de su no mucha edad, pues se trata de una niña pequeña. También ella se ha enquistado en un silencio que sorprende a sus amigos y parientes y que, además, le impide ser ayudada. Al contrario que su madre, que no para de hablar, Lucy tendrá que transcurrir mucho tiempo antes de que se vea preparada para, en una larga confesión a su tío Nathan, relatar pormenorizadamente, las miserias y las desdichas de toda una vida. Ese será el arranque, como hemos visto en los casos anteriores, para enmendar los errores del pasado y enfrentarse al porvenir con ilusión, con esperanza y con la posibilidad de rehacer una vida hecha jirones.
En otra película reciente, una mujer de mediana edad vive una apasionada relación con un adolescente al que ha curado de su enfermedad, cuando regresaba del colegio. Lo entrañable es que ella le hace leerle a su amante libros y más libros, y ahí es nada: Homero, Shakespeare, Chéjov… Pasado un tiempo ella desaparece y sólo volverá a verla en un tribunal que juzga a colaboradoras del régimen nazi. Lo más llamativo del caso es que, conforme avanza el juicio, él –ahora un estudiante de derecho- descubre que ella es inocente de los cargos que le imputan, por la sencilla razón de que no sabe leer ni escribir. Pero también descubre, no menos fascinado, que ella está dispuesta a reconocerse culpable aunque sólo sea por el hecho de no pasar la vergüenza de confesar su analfabetismo en público. Es condenada a cadena perpetua, y unos años después, cuando nada espera de la vida ni de los seres humanos, comienza a recibir cintas con la lectura de los mismos libros que él leía para ella en la intimidad de su alcoba y de su desnudez. Y la ilusión vuelve a su vida. Aprende a escribir gracias a esas lecturas. Recupera la sonrisa. La vida vuelve a tener sentido. Hasta que llega el perdón y va a ser excarcelada. El abogado se presenta allí pero de él no recibe ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada compasiva. Al irse él, ella se cuelga en su celda. El poder de las palabras para devolver la esperanza es inmenso. La indeferencia del ser humano, sin embargo, es mayor (El lector, Stephen Daldry, 2008).
En la segunda parte de la autobiografía de Roald Dahl, titulada Going solo, se nos narra las múltiples vicisitudes por la que pasó en su juventud. Por si fuera poco estar a miles de millas de su hogar, en el este de África, primero trabaja para Shell, y allí le va a pasar de todo. Pero es que además poco después se declara la Segunda Guerra Mundial, y no duda ni un instante en unirse a la fuerza área británica (la R. A. F., dicho en tres letras). Curiosamente, una de los elementos más llamativos de este libro es que incluye también una serie de mapas de las zonas por la que va pasando y unas cuantas cartas que Dahl iba escribiendo a su madre. En ellas, y a pesar de la presumible censura militar, que el propio escritor anuncia, se va informando a la madre de cuanto le ocurre en sus mil y una peripecias (tiene un accidente terrible en un vuelo de aprendizaje, derriba un avión alemán en su primera salida digamos como profesional, etcétera). Al final, le dan una especie de certificado de invalidez para volar y regresa a Londres. Y quien había sido una ausencia durante casi doscientas páginas pasa a ser el personaje relevante del final. A base de llamadas y de preguntar, averigua dónde vive su madre, la telefonea, en un momento emocionante, pues durante unos segundos ella no puede creer que quien la llame sea el hijo al que no ha visto desde hace tres años, cuando se fue con poco más de veinte años. Pero ahora las palabras escritas han dado paso a las palabra habladas y, en la última página, asistimos al encuentro de miradas que ambos se echan al bajar él del taxi que lo llevaba y la madre que espera en la puerta desde seguro que mucho tiempo antes de que se oyera el motor del automóvil. Fin.
Terapéutica tal vez no, pero qué fascinante es el efecto que producía las lecturas de sus obras en sus viajes a los Estados Unidos Charles Dickens, de quien se conmemora los doscientos años de su nacimiento. La gente no sólo se apiñaba en el puesto de Nueva York para recibir las continuaciones de sus cuentos y novelas –estamos en el apogeo de la novela por entregas y de los folletines -, sino que también abarrotaba los teatros cuando el escritor británico acudía a ellos para realizar lecturas públicas, en un tiempo en el que ni había micrófonos, ni sistemas de megafonía ni mucho menos radio que pudiera transmitir aquella fascinación. Casi un siglo después, en 1959 viaja a ese mismo país Isak Dinesen con el mismo fin. Y de nuevo se produce el milagro de la comunicación a través de la palabra, esta vez con alguien que ya había experimentado cierto éxito en su Dinamarca natal casi diez años antes a través de la radio, precisamente. Imaginar a aquella menuda mujer, con su extravagante forma de vestir, con sus menos de cuarenta kilos (por una operación de estómago y de espina unos años atrás), seduciendo a un pueblo boquiabierto es una de esas experiencias que no pueden menos que ser irrepetibles y que, de una forma más intensa, reflejan lo que venimos llamando el poder de la palabra.
A caballo entre lo terapéutico y lo fascinante se encuentra el caso que aparece en la novela de Paul Auster citada, y que él denomina “la muñeca de Kafka”. Ignoro si la historia es verídica, pero eso da lo mismo, porque se trata de un relato maravilloso, y que de ser real subiría aún más la estatura humana del escritor austriaco. Parece ser que en los últimos seis meses de su vida se fue a vivir con su novia y un día, paseando por el parque, ambos se encuentran con una niña llorando a lágrima viva. Se acercan y le preguntan la razón de semejante desconsuelo. Y no es otra que la niña ha perdido a su muñeca favorita. No, no la has perdido, porque me la he encontrado y me ha dicho que tenía que irse y que te ha dejado una carta, viene a decirle Kafka. La pequeña no puede sino desconfiar del hombre y le pide que se la dé. Él se excusa diciendo que se le ha olvidado en casa pero que mañana sin falta se la trae. Esa misma tarde la escribe, y lo mismo hará durante las siguientes tardes. La novia lo ve con el mismo afán y entusiasmo que dedica a la hora de crear sus cuentos. Cada día van al parque y allí le van leyendo las sucesivas cartas a la niña, en las que la muñeca confiesa que necesitaba cambiar de aires, conocer a gente nueva, etc. Poco a poco le revela que ha conocido a alguien y que se va a casar con él, que tendrá que irse muy lejos y que nunca la olvidará y siempre seguirá siendo su mejor amiga. Naturalmente, para entonces la niña ya ha superado su pena y no puede sino alegrarse del horizonte esperanzador que se abre ante su amiga, y viene a concluir Paul Auster que cuando estás metido de lleno en una ficción, todo lo demás simplemente desaparece.
Entre monos
Un hombre no sabe hablar, aunque ha aprendido a leer - no entremos en los terrenos de la lógica, sólo en los de la verosimilitud del relato- merced a los libros ilustrados que hay en la cabaña de sus padres (ni siquiera sabe que son sus padres). Se ha criado con los monos, y la mayoría de éstos lo consideran como uno de los suyos. Y como si fuera un personaje de folletín, ha visto perecer a su madre mona en los colmillos de un león. Muy al final del relato, viaja a los Estados Unidos para buscar a la mujer de la que se enamoró en la profunda jungla africana, y lo hace bajo el aspecto de un auténtico dandy británico. Y cuando la encuentra le confiesa sus sentimientos, para asombro de la joven, que nunca consideró la posibilidad de oír palabras en la boca del apuesto lord Greystoke. Lo que no deja de llamar la atención es el hecho de que quien le ha enseñado a hablar es un inglés que considera que es de buen tono hablar francés, de manera que el joven se las ve y se las desea para que la destinataria de su amor entienda cada palabra de las que va pronunciando, dado que su lengua es una especie de rara mezcolanza entre el inglés y el francés. Eso sí, al final el joven renuncia al amor de la chica porque comprende que eso es lo mejor para ella. Y así es como acaba la primera entrega de Tarzán de los monos (del que este años se celebra el primer centenario de su aparición para el público en una revista, y que en forma de libro lo haría en 1914), cuando Edgar Rice Borroughs ni siquiera podía sospechar que acababa de crear uno de los arquetipos más populares del siglo XX y al que iba a escribir numerosas continuaciones, haciéndose rico por el camino, todo sea dicho de paso.
En un planeta desconocido otro hombre tiene problemas para comunicarse, porque ha perdido temporalmente el habla. Sorprendido por encontrarse a otros seres humanos que huyen de los monos, que son los verdaderos dueños del territorio y que tienen sometidos a aquellos a la esclavitud, no entiende cómo es posible que en ese lugar todo parezca estar al revés que en la Tierra. Intenta comunicarse haciendo señales en la arena, pero uno de los simios las borra. Hasta que llega el momento de recuperar su facultad de hablar y lo primero que hace es insultar a los simios –y es que las palabras también pueden servir para la rebelión contra la injusticia -, con la natural incredulidad por parte de éstos al ver a un hombre enfrentándose a ellos. El desenlace es conocido: en su huida de aquel lugar donde su libertad y su vida peligra por el mero hecho de ser un humano, llega a una playa y ve medio oculta los restos de la Estatua de la Libertad, de manera que se da cuenta que ha vuelto a su planeta y que éste se ha convertido en una pesadilla (El planeta de los simios, Franklin Schaffner, 1968).
Acaso no tan famoso como los monos de las dos obras anteriores, pero digno de figurar con honores entre las obras maestra de la literatura, Un informe para una academia es una de las más sublimes creaciones, en mi opinión, de Franz Kafka. En esas pocas páginas (que digamos entre paréntesis llevó a escena en el teatro de la Abadía nada menos que José Luis Gómez) se plantea un hecho realmente singular: un mono expone ante los miembros de una academia su evolución desde su estado primitivo hasta el que le ha llevado a ser como un ciudadano europeo más. Lo singular del caso podría ser ese adiestramiento y la perfección alcanzada por el primate en su comportamiento humano, sin embargo, y como no podía ser menos viniendo de Kafka, lo relevante en un caso como éste es el hecho de que en la palabras del protagonista se adivina un dolor, una profunda insatisfacción, una búsqueda de la felicidad condenada al fracaso de antemano, en otras palabras, no es que se haya convertido en un europeo más, es que se ha metamorfoseado en una suerte de paradigma de la inteligencia, a medio camino entre la serenidad y la insatisfacción, entre el poder contemplar al resto de la humanidad y no ser capaz de mejorarla.
Nombres
Entre los inuit existe la costumbre de poner a los recién nacidos dos nombres, el primero se susurra al oído del bebé, y es el que llevará entre los suyos, y que nadie más conoce, pues consideran que si lo supieran estarían a merced de las maledicencias y de las posibles acciones negativas (como aquí el mal de ojo, en el que se creía hasta hace no tantos años). El segundo sería aquel con el que va ser conocido por el resto de la comunidad. Por otra parte, en el mundo antiguo se tenía muy en cuenta el nombre de las personas, sobre todo de cara a dar determinados explicaciones de cómo iba a ser su vida en el futuro –claro que se hacía, en realidad, cuando todo ello formaba parte del pasado-. Pues bien, pensemos sólo en dos de los más importantes caudillos de la historia de la humanidad. Uno de ello es famoso como Gengis Khan, aunque su verdadero nombre es Timuyin, es decir,”el acero más fino” en chino y “hombre supremo en la tierra” en mongol; adecuado nombre, pues, para quien conquistó más tierras que nadie antes ni después en el mundo. Por su parte, y siguiendo el adagio latino “nomen omen”, o lo que es lo mismo, “el nombre es el destino”, Alejandro significa en griego “el salvador de hombres” y la verdad es que no puede ser más apropiado para el joven que conoceríamos después con el nombre de Alejandro Magno y que conquistó un territorio en el siglo III antes de Cristo como no se había visto antes y sólo se vería después precisamente con Gengis Khan.
Pero el nombre no sólo está reservado para los grandes héroes, en absoluto. De hecho, a mediados de 2008 nos enteramos por la prensa de la cantidad de esfuerzo que había costado a una pareja mejicana poder inscribir a su hija con el nombre que ellos deseaban. El nombre en cuestión era Doni_Zänä, para una niña hñañú. Después de ir de registro civil en registro civil y de contar a su favor con plataformas nacionales e internacionales, por fin se hizo realidad el deseo de sus progenitores. El nombre significa nada menos que “Luz de Luna” –bellísimo, ciertamente- , y es muy apropiado a esa niña no sólo porque naciera el 1 de noviembre sino porque sus padres se dedican a vender flores para el día de los difuntos, con lo cual todo cuadraba. Por si eso no fuera bastante, sin los signos que podían extrañarnos tanto el nombre pasaba a significar algo tan feo como “Piedra que Muerde”, que ningún padre desde luego quisiera para su hija. Por otra parte tengamos en cuenta que el tener ya una personalidad jurídica, un nombre oficial le da acceso a los programas sociales y a acudir a la escuela; por no hablar de hecho de que se preserva de ese modo igualmente la lengua, las costumbres y la cultura de su pueblo, al que tiene tanto derecho como cualquiera. La razón con la que se encontraban los padres es que los ordenadores no admitían un nombre como ese, y ahí el tiempo y trabajo que costó lograrlo. Pero, a fin de cuentas, ¿quién programa esos aparatos? Están ahí para servirnos o para despojarnos de lo que es más nuestro, del nombre que nos identifica ante los demás y ante nosotros mismos.
Por su parte, el protagonista de La sonrisa etrusca (1985), de José Luis Sanpedro es un anciano que tiene que ir a vivir a casa de su hijo, a desgana por lo que supone abandonar su casa de siempre, renunciar a los amigos y al pueblo donde ha pasado su vida entera y, por si eso no fuera bastante, ha de mudarse a casa de su hijo, con cuya esposa no hace buena migas. No obstante, su ánimo cambia al conocer a su nieto, va haciendo amigos en la ciudad y, como remate de la buena vida que nunca esperó encontrar allí, se enamora de una mujer viuda como él. Poco a poco se va dando cuenta de que ha tenido una suerte de segunda oportunidad de disfrutar de la vida y, en su interior, ya sólo espera la primera palabra de su nieto (que se llama como él, detalle fundamental para lo que nos interesa aquí), puesto cree que una vez que le oiga llamarlo abuelo se podrá morir tranquilo, con la seguridad de que su vida ha tenido sentido y está más que colmada. Y, como si sus peticiones hubieran sido escuchadas, vive lo suficiente para poder escuchar a su nieto llamarlo, su nieto que es su fijación y el ser en el que, en último término, se prolonga su vida y la de su familia.
¿Acaso los nombres no pueden ser incluso un enigma, una propuesta mediante la cual alguien puede vivir o puede morir? Basándose en una vieja leyenda china, Puccini compuso su última ópera –desdichadamente incompleta- y se llamó Turandot. Hete aquí que la malvada princesa que porta ese nombre tiene que averiguar el nombre de un apuesto desconocido que, a su vez ha resuelto los tres enigmas que ella proponía a cuantos pretendían su mano, sembrando de jóvenes cadáveres su majestuoso palacio. Pues bien, cuando ha logrado saber ese nombre, poco antes del amanecer –ya se sabe que este tipo de pruebas siempre expiran al amanecer – ella misma se da cuenta de que también se ha enamorado de Calaf, y su odio contra el ser humano se transforma de modo mágico en pasión por el hombre que estaba dispuesto a sacrificar su vida por el amor que siente por la bella Turandot.
Y terminamos volviendo en parte a lo que decíamos al principio. No podemos dejar de mencionar en un texto que trata sobre el poder de la palabra una película que se titula precisamente La palabra (Ordet, Carl Theodor Dreyer, 1954). Esta obra magistral desde todos los puntos de vista, acaba con el más maravilloso y creíble de los milagros que ha dado el cine. Inger Morten ha muerto en el parto del que iba a ser su segundo hijo –ya tiene una simpática niña-. En el velatorio, todos están compungidos por tan tremenda pérdida, pues ella era amable con sus cuñados, cariñosa con el gruñón de su suegro y una esposa ideal para su marido. Pues bien, uno de sus cuñados, que ha enloquecido por la lectura del filósofo Kierkegaard (según su propio padre), pregunta a su sobrina si quiere que su madre no se vaya con Dios y que continúe con ella. La respuesta afirmativa de la pequeña le lleva a Johannes a elevar una plegaria a Dios para que, si así lo considera, haga que Inger vuelva a la vida. Y esas palabras poderosas y sencillas a la vez, aunque vistas como blasfemas por los presentes, son capaces de obrar el milagro: en un plano estremecedor de la madre en el ataúd, vemos cómo sus manos comienzan a moverse. El equilibrio se ha restablecido, Johannes ha recobrado la razón y los esposos se abrazan y funden en interminables besos mientras que sus últimas palabras resuenan en la pantalla sobre la palabra fin: “La vida, la vida”.

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