Galeria
Justo Barboza con el Cabildo de Buenos Aires al fondo


1. "Una mirada argentina durante la transición española” por Ana Madarro y Jorge Cavodeassi Madrid, 1995. 

 2. “Conversación ilustrada” de Francisco López Romito, Madrid, 1995. 

 3. "Comentarios visuales", Gabriel Abalos, Página 12, 1993. 

 4. "Imágenes para el discurso escrito" Bernardo Castelo, La Voz de Galicia, 1986. 

 5. "Vida y representación", Roberto Vallarino". Uno más uno, México D.F., 1982. 

 6. "El dibujo del habla", Vicente Verdú, Madrid", 1986. 

 7. "Lo cómico y lo trágico", David Viñas, Madrid, 1981. 

 8. "Símbolos explícitos", Roberto Rosenfeld, Revista Análisis, Buenos Aires, 1969. 

 

1. Una mirada argentina durante la transición española.

Ana Madarro y Jorge Cavodeassi Madrid, julio de 1995. 


 Por entonces, no sólo los argentinos,  sino también los chilenos y uruguayos, tratábamos de hacer pié en España. No era que nuestro desembarco fuera reciente, sino que habíamos tomado conciencia de que la estancia en esa tierra sería mucho más larga de lo esperado. 

 Habíamos superado el dolor del extrañamiento y estábamos viviendo el tiempo del encuentro. El encuentro con quienes nos habían acogido y también con nosotros mismos. 

 No recibíamos noticias de los nuestros  tan seguido y no pretendíamos recuperar a través de las palabras lo perdido. A veces, incluso, nos sorprendíamos tratando de reconstruir los rostros, 105 gestos, las miradas de quienes estaban tan lejos y en especial de algunos que sabíamos no volveríamos a ver. 

 Y no ensayábamos tampoco, con tanta frecuencia, paralelismos o comparaciones, generalmente negativas, aunque condescendientes, hacia la tierra que nos había acogido, resabios del rencor de quien se siente injustamente obligado a renunciar a lo suyo. Aunque aún muchas madrugadas nos sorprendían en anacrónicas tenidas dialécticas, no perseguíamos con tanto ahínco los diarios nacionales,  buscando  abreviar  la  lejanía,  interpretar  los sucesos, adivinar la hora en que podríamos volver... 

 Algún solidario sobreviviente de la guerra civil nos había advertido que todo exilio es irreversible e irreparable, porque al fin y al cabo en el mismo retorno se revive el exilio. Habíamos tomado conciencia de ello y recorríamos el camino hacia la memoria con algo de resignación, con mucho de dolor... 

 Por entonces, cierto poeta, antiguo merodeador de Corrientes y Esmeralda, mentor de tangos, asumiendo los gajes del oficio, recobró la voz y volvió a garabatear sus versos en difícil equilibrio... Y un pintor, ausente del avasallante realismo en boga, volvió a mezclar colores y buscar formas en sus telas. No sabemos si fueron los primeros, tal vez no, la memoria siempre traiciona,  como el afecto, pero fue por entonces que muchos volvieron a escribir y a pintar... 

 Justo Barboza recuperaba también los trazos, la ironía, la mirada. La mirada de Justo acompañaba a las palabras y sabía a recuerdos. Sus dibujos parecían no superar el boceto, eran ajenos al color, pero dolían, señalaban, recordaban, denunciaban y a veces, hasta perdonaban. 

 Nunca fue trivial. Antes como ahora supo hurgar en el dolor, pero no fue sarcástico. Todo lo contrario, siempre hay un dejo de ternura en sus trabajos. Y antes que golpear prefiere recurrir al humor. 

 Los trazos de Justo tuvieron entonces el don de la síntesis. Dos líneas condensaban horas de discusiones. Discusiones sobre España,  la España de la transición que comenzaba a ser un paradigma.  ¡Cuánto  significó  para  nosotros  su  lucha  para recuperar la democracia!  Vivimos con la misma pasión que en nuestra patria cada paso, cada espacio arrancado a la dictadura, cada nueva construcción política que aseguraba la participación y la libertad. 

 Nos sabíamos testigos, pero también estábamos involucrados. Por eso muchos  de  los nuestros no pudieron dejar de  ser protagonistas. Y Justo lo fue. A su manera. Dibujando. 

 Y nosotros nos sentimos partícipes de su mirada. Porque reafirmaba y trascendía el sentido de la palabra; recuperaba el movimiento de la vida a través de sus trazos. Ver sus imágenes era delinear caminos,  coparticipar en la discusión,  en las propuestas  del  discurso.  Así,  fuimos. averiguando  que  la trascendencia del símbolo es la figura, que está alrededor y adentro del discurso. 

 Un día los dibujos de Justo comenzaron a aparecer en los diarios, primero en forma espaciada, después casi cotidianamente, en las secciones editoriales y de opinión. Y cada dibujo terminó siendo una tertulia. Porque en cada ilustración, advertíamos cómo la   mirada   traducía   en   imágenes   y   complementaba, comprometidamente, a la palabra. 

 Esas hojas de opinión presenciaron, así, un encuentro. Y no sólo un encuentro entre columnista e. ilustrador,  entre  el pensamiento de un periodista, un político, un filósofo o un cronista y la mirada inquieta de alguien que reinventaba en trazos ese pensamiento. Era también el encuentro entre el debate apasionado  de  la  transición  española  y  la  percepción, comprometida y preocupada, de un testigo latinoamericano, de un argentino.  De ahí el hallazgo,  el carácter de síntesis,  el sentido iberoamericano que para muchos de nosotros tuvieron esas páginas...  En ellas estaba presente nuestro compromiso con España.   

 

2. Conversación ilustrada. 

Francisco S. López Romito 


 Es un valor común el carácter modélico atribuido a la transición democrática española. Especialmente en aquellas latitudes abocadas a salir de regímenes dictatoriales y superar heridas lacerantes, con la aspiración de romper, para siempre, el trágico círculo vicioso de gobiernos militares y "democracias" vigiladas o intentar la aventura democrática por primera vez. Tránsito a través de numerosas rupturas que se enhebran en la construcción de un sistema con capacidad de integración y participación, sin nuevos excluidos. 

 En estos veinte años, países de todos los rincones se han embarcado  en tarea similar. Eso de erigir y consolidar la democracia se volvió trabajo común de muchos pueblos, todos con actores y en momentos peculiares Hoy la experiencia española comparte magisterio y aprendizajes. 

 Cambio de tal magnitud convoca e impregna a los diversos ámbitos de la sociedad. Cada uno con sus inquietudes, sus convicciones, delante o detrás de sus intereses. Todos en una conjunción de prioridades y tiempos primaveralmente espontánea, con oscuras tormentas y cielos diáfanos. Transformación parida desde y a través de la confrontación de ideas, donde las instituciones jurídicas, políticas y sociales se quedarían cortas sin el soporte necesario de la Prensa. Decimos Prensa, en estos tiempos de fantasías mediáticas, porque nada mejor que la letra cotidiana para dar cabida al debate imprescindible. 

 "El País" ha abordado en España el reto de servir de instrumento abierto a la sociedad, promotor, notario y caja de resonancia, en su originaria sección "Temas de la Actualidad" y la posterior "Opinión". 

 La presente Exposición tiene la aspiración de ejemplificar 10 dicho. Aunque el espacio es estrecho, la pluralidad de autores y temas entresacados de miles de colaboraciones publicadas, ofrecen al visitante una muestra de la discusión entre españoles, en el último tramo de su historia colectiva. 

 El título de la Exposición nos constriñe a un objeto histórico-geográfico determinado y nos propone el encuentro de tres sujetos diferentes por origen, medio de expresión y forma de intervención. 

 Uno, los autores - españoles - que exponen e intercambian sus puntos de vista en las páginas del periódico. En discusión abierta esgrimen argumentos, aportan información, expresan sensibilidades y formulan propuestas. 

 Debate desarrollado por y para los lectores, segundo sujeto y destinatario genuino, a la vez autor, receptor y recreador de lo que se discute. El diálogo iniciado por los articulistas no se completa hasta que el lector se apropia lo escrito, y se incorpora al debate haciéndose cómplice de los primeros mediante la asunción de tesis o antítesis, la afirmación de convicciones o puesta en duda de certezas, la elaboración de nuevas formas de entender la realidad. 

 Diálogo convertido en conversación que no se limita, no puede, al mero intercambio de conceptos. La letra escrita viene preñada de imágenes, el lector captura algunas y crea las más. Conversación ilustrada por lo que tiene de ideas y de figuración. Y aquí entra el tercer sujeto, Justo Barboza, ilustrador y argentino. Artista plástico consecuente con sus orígenes y su medio de expresión, a la vez que comprometido con la realidad que le toca vivir, toma la palabra y cierra una rueda abierta a todo excepto a la neutralidad. 

 Con sus ilustraciones no se queda enfeudado a la intención propositiva del autor, mucho menos limitado a la traducción plástica del contenido o el título del artículo de turno. Barboza es también. lector y, como tal, acepta la responsabilidad de hacerlo en voz alta, manifestar su propia aproximación estética y conceptual a la materia que se debate. A veces, refuerza el argumento, complementa una idea; otras, dibuja su crítica; las más, regala su inspiración; siempre con sincera humildad y un doble respeto; al autor y al lector. 

 Esperamos que quienes se acercan a esta Exposición se incorporen a la conversación. Tienen la palabra. 


Madrid, verano del 95. 

 

 

3. Comentarios visuales 

Gabriel Abalos 


 La muestra de imágenes realizadas por Justo Barboza para las páginas de opinión del diario El País de Madrid, ofrecida en el salón del Teatro Real, permite verlas reunidas en una vecindad para la que no fueron originalmente creadas. 

 Estas imágenes son lanzadas :  diariamente a los lectores de la publicación madrileña, como una interpretación visual -y, en algunos casos, como una confrontación visual- de las ideas y las ideologías que firman intelectuales renombrados del mundo. 

 Exhibidos en la contigúidad de un espacio, los trabajos de Barboza sorprenden ante todo por su diversidad: la de las técnicas gráficas empleadas, la del lenguaje elegido, la del carácter de los distintos lenguajes. Esa diversidad, que en parte le es impuesta por la variedad de temas y de enfoques de cada nota diaria, también constituye evidencia de un acto deliberado: Justo Barboza, que experimenta con la imagen gráfica en un medio de gran circulación y gran poder de legitimación, no se pide la oportunidad de enviar ideas visuales a las que les ha impreso un efecto impersonal, con el fin de acentuar ese valor tribal de los signos que, en la galaxia Guttemberg, suele llamarse universal. 

 La mirada a esos dibujos, collages u objetos, y a veces todos en uno, de Barboza, detecta bajo la diversidad una búsqueda de la diferencia específica de cada obra y una renuncia al estilo. 

 El propio artista admite su preocupación por no dejarse atrapar por un estilo. En este contexto, estilo seria esa especie de automatismo de la propia grafía, un sello de la personalidad que, sin embargo, no se confunde con la personalidad misma. Despojado del recurso del color, atado a la premura -y la fugacidad- de la creación periodística, Barboza ha logrado en varios de sus trabajos una síntesis notable. Aparte del logro gráfico, los dibujos transmiten a veces un comentario que no sólo acompaña una nota, sino que trasciende a ésta. 

 Un mecanismo de levas que iza a cowboy y baja a Otro cowboy, en la ilustración de la nota "La decisión de Bill Clinton", por Mijail Gorbachov, constituye un ejemplo en este sentido. 

 En otro caso, la síntesis es de naturaleza más sensible, como la mirada del búho dibujado para el escrito "Contra la tolerancia", del portugués José Saramago. O más sensible aún, ese apunte exacto que es el corazón de trapo, un objeto-dibujo, con el nombre bordado de Daniel Moyano. 

 Lo que Barboza expresa no tiene ningún vínculo con la obviedad. Es más, sus ilustraciones, producto de una búsqueda de comunicabilidad inmediata, requieren de una mirada en cierto sentido misteriosa, porque los contenidos muchas veces comprometen sutilezas, y porque hay una cierta "narración' en sus temas visuales. Esa narración, esa 

especie de dilación en el cierre de la síntesis, es una invitación a la actividad personal del lector, y el campo aleatorio imprescindible para avivar la obra. 

 La muestra propicia el encuentro estimulante con el arte de Justo Barboza, un argentino que usa su espacio conseguido en Madrid, para enviar a diario señales de crítica esperanza. 


Diario "Página 12". Buenos Aires, 1 de octubre de 1993.

 

 

4. Imágenes para el discurso escrito. 

Bernardo Castelo 


 Justo Barboza nace en San Juan (Argentina) en 1938, lo que significa que pertenece a esa generación de americanos del Sur capaz de configurar por una simple relación de sumandos, la amplia "edad de oro" iberoamericano? que, desde hace algunos años, usufructuamos los españoles. 

 Pero implica además, que las incursiones del autor en el mundo de la creación plástica aparezcan definidas por una multiplicación de alternativas: la gran tradición editorialista argentina que ha hecho del libro un soporte para el trabajo ilustrativo importantísimo; la convulsión socio-política del continente, que determina en todo intelectual un compromiso directo con opciones ideológicas progresistas, y la interdisciplinariedad de las Artes, como consecuencia de la fuerte producción artística del Atlántico Sur, entre otras. Todo junto ha revertido en el caso de Justo Barboza en beneficio de la plástica española a partir de su nacionalización en nuestro país. 

 Ampliamente conocido por sus ilustraciones, aparecidas en diversos medios ("Revista de Occidente", "Informaciones", "El País", etc.), los trabajos de Justo Barboza acompañan generalmente los textos normalmente conocidos como "artículos de fondo", completando con sus imágenes el discurso escrito de los respectivos autores. 

 Sin embargo, tal y como escribe Vicente Verdú, los trabajos de Justo Barboza poseen su gramática propia, su particular contenido y con sólo descontextualizarlos, recortándolos de su lugar en la página periodística, se convierten por si mismos en clamores condensados, en "flashes" significativos, tanto por su contenido  como por su concepción de obras artísticas. 

 Este es el aspecto fácilmente apreciable en la sucesión de dibujos, collages y aguafuertes que Justo Barboza muestra en el Museo Municipal Bello Piñeiro. Una exposición en la que lo silenciado dispone de más trascendencia que lo aparente. Una exposición, en definitiva, sugerente a la vista y además rica y difícil en los contenidos. 

 Una muestra en la que se alternan contraposiciones discursivas y de la que ha de ocuparse el visitante con una especial atención por cuanto la inadvertencia de sus contenidos semánticos puede generar la lectura incompleta de la misma. 

 

Los dibujos 

 En ellos, y contra lo que pudiera esperarse de un ilustrador, no predomina la línea, sino las masas de claroscuro, caracterizándose por un refinadísimo tratamiento de las gamas grises como elemento enriquecedor (casi pictoricista) de los contrastes blanquinegros. Son "viñetas" o "pictogramas" compactos ,generalmente llenos de contenido pero contenidos en la misma imagen. Hay en su discurso reflexiones profundas sin que se traduzcan en falsas trascendencias, de manera que más bien evidencien una cierta objetividad amarga, una relativa ironía de particular poética: esa frialdad del casco del obrero que reposa sobre una ménsula barroca, es en lo inmediato, un contraste entre planos y curvas, pero es también un" discurso acerca del Icaro, después, dormido, del trabajador derrotado sin violencia, del, como el propio autor titula, "fin de una utopía" proletaria. Otro tanto podría decirse de esa cabeza anónima, de ese cráneo alveolado (formidable escorzo) que rinde pleitesía a la tecnología disfrazada de gran señora. Una metáfora de la alienación de guante blanco. 

 No siempre la sutileza es la protagonista, y Justo Barboza actúa, en ocasiones, de testigo imparcial: "Nuestra cultura', complemento de, un artículo de Caro Baroja, es un testimonio casi fotográfico de esa contradicción evidente en nuestro país, que oscila entre el consumo electrónico menor, entre el desecho de la técnica y el más ancestral tercermundismo sociológico. 

 Son los dibujos pues, los que dan la primera clave del desconcierto: son hermosas formas provistas de reflexión y elaboradas manualmente, son, luego ego, Arte. Pero son, además, arte reproducible, es decir conceptualmente diseños. 

 

Los collages 

 Siguen idéntica técnica, aunque en su misma configuración se encuentra ya la tradición "Pop": recoger de los "mass media" imágenes sueltas, reunirlas, elaborar un nuevo lenguaje sin pretensiones de compromiso, irónico, y que cada cual las lea como guste. El secreto está en su posterior devolución al medio del que proceden, es decir, a los "mass media" de donde nacieran. Así el discurso se multiplica, la capacidad semántica se amplía y la iconografía "M" (mano, misal, misil, mujer...) puede convertirse en "W", traducirse en "E" (sumatorio) o ser así sin más. Una virtud del "Pop Art": alertar sin panfletarismo, ironizar en contacto con el surrealismo, nuestras taras descubiertas por sus imágenes. Autocrítica ante el espejo. Segunda clave, el complejo mundo de la semanticidad y de la comunicabilidad. Es decir de la semiótica. 

 La tercera de las claves, y donde curiosamente se manifiesta el mayor contenido artístico es en la utilización de un recetario que en principio encaja en el mundo de la reproducción mecánica. 

Los aguafuertes 

 Resultado de una técnica que en sí misma es la más "aristocrática" de todas las grafías y en la que obtiene resultados semejantes a los característicos de la obra de arte "única", a través de su configuración, de manera que la intervención directa del autor convierte el resultado en único y nunca en idéntico al siguiente obtenido de la misma plancha. 

 Las imágenes adquieren en este caso aspectos más "vanguardistas": en ocasiones remiten ineludiblemente a alguna etapa de Picasso en lo formal, en tanto iconográficamente recurren a lo erótico, más o menos simbólico, e iconológicamente construyen historias -como en los dibujos-, a veces, cargadas de poesía casi intimista ("La vieron en Pismanta"), otras de contenido crítico, no ácido, pero si alertados -como en los collages- ("Aparatosidad en el village", "Excombatientes" o "Un liviano rumor"), y, definitivamente, en otras más, en aquellas pertenecientes al intramundo personal del autor, los aguafuertes muestran escenas crípticas ("Ella", "El alborotador de Ocotepec", "En Chepes, silenciosamente" o "Dos cuerpos para aislar"). 

 Una exposición, al fin, fácilmente recorrible, pero con valores de "trastienda". 


Diario "La voz de Galicia". La Coruña, 30 de mayo de 1986.

 

 

5. Vida y representación 

Roberto Vallarino 


 Si pensamos en la práctica del arte pictórico como el proceso mediante el cual se dota de sentido a un mundo que carece de él, necesariamente debemos pensar en la obra de un pintor relativamente conocido en México que ha entendido las cualidades reestructurativas de la moral y la inteligencia que todo verdadero fenómeno estético posee: Justo Barboza 

 Profundizar en el aguafuerte como se entra en ese otro espacio vedado a quienes carecen de una sensibilidad a flor de piel, es una de las características esenciales de la obra de Barboza. Como por un pasaje oscuro que se ilumina alternadamente por las obsesiones sociales, sexuales, eróticas y vivenciales, Barboza camina e irrumpe en momentos de impresionante lucidez plástica. 

 Ciertas reminiscencias del trazo de Cuevas, ecos metafóricos de esa realidad oculta en la vida diaria que descubre el cubano Severo Sarduy en su escritura son fragmentos que vienen a la mente del espectador cuando se enfrenta al compulsivo mundo plástico creado por Barboza. 

 Aguda y anarquista (utilizó el término proudhoniamente) la obra de Barboza comunica un lenguaje de signos intermitentes: es poderosa, lúcida, pero no evade ese misterioso compromiso que encarnan todos aquellos artistas que nunca hablan ni prevén el compromiso: el del arte con la vida y el de la vida misma con su presentación externa, representación a la cual el artista verdadero dota de sentidos encontrando el camino de una nueva moral, de unos nuevos e inéditos signos que le salen al paso en su transcurso por el mundo. 

 Barboza pinta, extrae de las entrañas de su inconsciente a personas terribles, a putas y payasos de burlesque, á militares desprotegidos por su propia humanidad. La obra de Barboza es un cúmulo de fuerza que debe ser conocido por todos aquellos interesados profundamente en las nuevas corrientes plásticas universales. Su presencia en México obliga al elogio justificado. Las palabras -estas, aquellas- no añadirán ni restarán nada a su obra. Verla implica la fascinación. Lo demás, está ahí, en su futuro.


Diario "Uno más uno". México, D.F., mayo 1982.

 

 

6. El dibujo del habla. 

Vicente Verdú 


 Si Justo Barboza es un magnífico dibujante, no lo es tan sólo por la destreza de la mano o el proceso de captación visual. Antes de comenzar la labor, ingresando en ella y aún absuelto de seguir empuñando el lápiz, Barboza desarrolla un meticuloso argumento literario. Unas veces se trata de una narración, otras de una idea devanándose en el ámbito de la filosofía, otras de una memoria que se persigue y se memoriza. A pocos artistas plásticos se les podría reconocer tan cerca la palabra del dibujo, la estampa de la escritura. En general, los pintores tienden á ser afásicos y se autosorprenden con la conclusión del papel manchado. Ofrecen así la vocalización de los resultados a la oralidad de los otros y en cuanto éstos toman la vez, se desentienden de todo; o escuchan con la curiosidad de un extraño. Barboza es, la curiosidad de un extraño. Barboza es, precisamente, la negación de esas fronteras entre las artes, la antípoda del tipo que ve o que oye o que habla, que compone un cuadro o una melodía o un texto, como recintos. En su caligrafía, por el contrario, es siempre perceptible una escritura y en todas sus sombras, un tono más allá de la tonalidad del color. Trabaja pues con todo el surtido del gusto y, dentro de él, con una disciplina en cuyo reino, por paradoja, la emoción es el amo. 

 Justo Barboza ha realizado buena parte de estos dibujos parta ilustrar un texto previo. Ha trabajado, pues, en atención a un encargo establecido, pero debe decirse que tan sólo en la medida en que el texto, por sí o por sus circunstancias, ha llegado a conmoverle, podía someterse a él. En los otros casos, fue él quien literal y literariamente reescribía el discurso. Tan callado y manso como parece vérsele, Justo Barboza es en verdad implacable. Despiadado consigo mismo, en primer lugar, requiriéndose rigor, y con la obra que produce, a la que pocas veces trata con indulgencia. 

 Ciertamente, conozco a pocos buenos autores que juzguen a los demás con severidad y se traten con benevolencia. Más bien la marca de calidad está unida a la oración inversa. 

 Este tipo de animal artístico tendente al padecimiento martirio incluido pero mucho más célebres en: sus aciertos, es el que configura a Barboza. En cualquiera de sus creaciones puede observarse cómo tras la aparente facilidad de resolución se hacinan los matices y cómo, a todo dibujo, aún destinado el efímero papel de un diario, no le falta la capacidad para resistir el acoso de una mirada. 

 No estoy seguro que con todos estos atributos de la obra y el talento de Barboza, autoexigiéndose perfección continuamente, se pueda llegar a ser feliz. Esta es la verdad. El resultado, sin embargo, es que lo que él se niega en complacencia lo afirma en una obra cada vez más valiosa. Y, al fm, lo que él no se compensa en placidez, lo entrega al observador en recompensa. 


Catálogo "Ilustraciones y aguafuertes". Museo Bello Piñeiro - Ferrol. Madrid, 1986.

 

 

7. Lo cómico y lo trágico. 

David Viñas 


 Mucho más que a Pirandello, las deformaciones tiernas e insolentes de Barboza me recuerdan a Discepolo: porque si él sabe que la anatomía de la pierna está hecho para caminar, presiente que por ahora -y mucho más en la Argentina- sólo se define por su renguera; que los labios se entreabren ahí para el beso y la saliva, pero que en sus últimos tiempos se han degradado en delaciones o en la injuria. Barboza también se lo sabe de memoria: que el sexo porta un destino de matorral y acogimiento, pero que en las provincias que quedaron a su espalda sólo significaban lo infecundo y el desgarro. 

 Sin embargo, Barboza ni explícita y mucho menos subraya todo eso; más bien, sus rasgos se limitan a aludir, mediante' ironía y sutileza, trazando un permanente ademán de ida y vuelta: risa y llanto; fachada oficial y abollada trastienda; lo cómico y lo trágico; los fracasos y las recuperaciones jubilosas; trazo enérgico y detalle moroso; antifaz preclaro y mejillas atribuladas. Máscara exterior y rostro en disimulo: gesto que, en su núcleo, define el grotesco de Discepolo. 

 Y que en Barboza condicionan una placidez que apenas si demora el grito; una pausa burlona ante cada vehemencia de su propia mano; una desconfiada benevolencia que posterga el drama (hasta en su mismo ralentado que se va cargando de minúsculos, escurridizos toques de sagaz sarcasmo). 

 ¿En qué? ¿Dónde? Sobre todo en ese espacio que si se abre con texturas antagónicas e implican siempre el sentimiento de lo contrario, llegan a crispar vertiginosamente cada uno de los escenarios. En las sabias superposiciones de un dibujo que nos insinúa promiscuidad, diálogos penosos, envejecimientos entrañables, recuerdos desaforados. Pero, por sobre todo, un contexto que si bien lo obsede hasta el delirio, cotidianamente se le muestra desabrido, denigrante, sobreactuado, y lo que es más grave: impávido. 

 Frente al cual Barboza diseña una burla que, por el revés de la trama, se le convierte en agonía. 


Catalogo "Dibujos y estampas". Casa de Brasil. Madrid, 1981.

 

 

8. Símbolos explícitos. 

Roberto Rosenfeld 


 La condena y la ironía campean también en las obras del sanjuanino Justo Delfí Barboza, aunque referidas a una situación menos general y abstracta: Barboza no se instala en un núcleo íntimo, personal, sino que proyecta desde él sus reacciones , a través de símbolos explícitos. Los dibujos a pluma, coloreados con acuarela, ostentan una tonalidad tenue, de escasos contrastes, como una invitación a escuchar un mensaje en voz baja, quizá amable. Pronto se descubre que contienen sarcasmos susurrados, capaces de producir un efecto más profundo que el del grito. Continuando en la línea de los dibujos a lápiz que mostrara el año pasado, Barboza responde ahora a mecanismos creativos de resonancia más variada y articulación más fluida, tendientes a señalar conscientemente las contradicciones de los arquetipos de la profusa mitología actual: personajes de historieta alternan con políticos (vivos o muertos), soldados nazis prevalecen en escenas donde conviven evocaciones novecentistas y elementos de la renovada violencia. Algunas frases entrecortadas acentúan el choque incoherente entre la grandilocuencia retórica y la inoperancia, entre los principios proclamados y la realidad: un monstruo violáceo surge en la cúpula del recinto de una conferencia internacional. 

 Preocupado por sostener la frescura y la acuidad de sus reacciones, Barboza no se entretiene en lograr deleitosas caligrafías, sino que anota con rapidez; para inventar sus certeros documentos recurre a menudo a efectos de voluntaria torpeza. "Estudié dibujo con Spilimbergo -dice- y adquirí cierta destreza. Pero siento que la habilidad termina por prevalecer sobre los fines, por eso trato de evadirme de ella". 


Revista "Análisis", nº 422. Buenos Aires, 2 al 8 de setiembre de 1969. 

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